viernes, 29 de agosto de 2014

Cuento El caminante



Alberto corría feliz por el prado junto a sus compañeros; eran tres adolescentes muy amigos y una de sus diversiones era pasar corriendo frente a la cabaña del leñador "caminante" como todos lo conocían porque recorría grandes distancias para buscar arboles adecuados a sus necesidades artísticas; no todo tipo de madera era adecuada para realizar sus trabajos de artesanías ; algunos sabían que el sembraba dos arboles cada vez que talaba uno; sabia que preservar era además de asegurarle más trabajo, dejar parte de su siembra a los futuros leñadores; pero eso poco le importaba a los jóvenes amigos, su meta era tirar piedras a la carrera contra la cabaña; el que acertara a un vidrio ganaba la apuesta...
Muchas veces habían realizado esta apuesta y sabían que el viejo leñador volvería a reponer los vidrios en silencio; los mayores del pueblo desconocían esta mala acción de los muchachones; jamás habían escuchado una queja de parte del veterano artesano; el venia poco al pueblo y cuando lo hacia, compraba sus cosas y se marchaba en silencio.
Pero ese día paso algo inesperado que cambio la actitud de Alberto y sus amigos para siempre.
José corría adelante provisto de una honda y al pasar disparo contra el ventanal; uno de los vidrios estallo en pedazos y el levanto los brazos  feliz ¡¡¡Lo había logrado una vez más!!! Miro hacia atrás mientras corría, quería ver si Alberto también acertaba y no vio la raíz expuesta de una de las plantas, su pie derecho se trabo y cayo pesadamente contra el tronco de una planta, su cabeza golpeo contra la madera y se dejo caer pesadamente; cuando Pedro y Alberto llegaron a su lado vieron que de una lastimadura de su rostro manaba mucha sangre, se desesperaron; el pueblo estaba a unos 2500 metros; no era lejos pero podría demandarles mucho tiempo ir por ayuda, sus rostro comenzaron a surcarse por las lagrimas mientras Pedro trataba de cubrir la herida y vendarla con su camisa, intentando parar la hemorragia; de pronto escucharon una voz ronca pero firme…Lo vendaremos, tengo algunas medicinas, me haré cargo mientras alguno de ustedes va por ayuda.
Era el anciano leñador, que ponía la otra mejilla para curar a quien lo había ofendido y lo hacia desinteresadamente.
Una hora después los jóvenes junto a los médicos socorristas volvieron a la Comunidad y dicen que cada vez que retornaban  a la cabaña era para ayudar al leñador a talar un nuevo árbol y darle un abrazo a su amigo.

Néstor Omar Salgado
Escritor y Consejero



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